jueves, 13 de junio de 2013

El Adios de Lucía

Pronto dejaré la habitación testigo de alegrías y tristezas, también ha oído mis llantos y mis risas. En ella se han desarrollado los sueños de la infancia y la juventud. Todavía resuenan las conversaciones íntimas con mis amigas, siempre acompañadas de música en tono alto. Con lagrimas en los ojos contemplo la cama de madera azul, sobre ella descansan varios peluches. Abrazada a ellos he disfrutado siempre de un sueño tranquilo y sosegado
 Sobre las paredes y en desorden, están adheridos los pósteres de mis cantantes y actores favoritos, que han ido cambiando según cumplía años. Me siento en la banqueta del tocador y veo una a una las fotografías sujetas en el marco del espejo. Me recuerdan momentos felices vividos en mi niñez o juventud, incluso de amigos que se quedaron en eso. Todo esto me produce una nostalgia que recorre mi cuerpo como si fuera hielo. No puedo llevarme, ni deshacer nada, esta labor se la dejo a mi madre.
Antes de salir, descuelgo de las paredes los marcos que contienen mi titulo de medicina en la Universidad Complutense y el Master de Urología. Me recuerdan las noches de estudio que tuve que realizar para conseguirlos. Pienso que me servirán como currículum, unido a mis conocimientos de inglés, hablado y escrito, para conseguir algún trabajo en Londres. Me intranquiliza no saber lo que me ocurrirá en esa ciudad. Si sé como es el piso y mi habitación. Mi amiga Julia, con la que lo voy a compartir, me ha mandado fotografías de él. Va a ser una gran ayuda en la busca de trabajo, ella lleva dos años en esa ciudad y ha conseguido el puesto de endocrina en una sociedad sanitaria.
Oigo golpear la puerta levemente.
—Hija, ¿puedo pasar?
—Si mamá.
    ¿Ya estás preparada? El taxi no tardará.
—Estoy tratando de fijar esta imagen para tenerla siempre en mi mente.
—Lamento que te vayas, pero al morir tu padre solo nos dejo deudas y esta casa si no la hubiese vendido, se la hubiese quedado el banco. Por mi no te preocupes, mi primo Juan me ha ofrecido un puesto en las oficinas de su empresa.
Me abrazo a mi madre y las dos permanecemos así durante mucho tiempo.
—Llámame cuando llegues y mándame correos contándome como te van las cosas.
—Sí mamá —el sonido del claxon del taxi, no me permite contestarle.
Desde dentro del coche y a través de la ventanilla bajada, me despido de ella, está de pie con la mano levantada. Siento que una parte de mi vida se queda allí para siempre. Pero el coraje que me caracteriza me empuja a mirar hacia delante.
                                     Autor:  José Miguel  Casanova

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